
¿Qué no haría un hijo (a)
por un padre? ¿Y que no haría un padre por un hijo (a)?
Estas preguntas me rondan la
mente cuando hoy leo en el blog de mi amigo Juan Morales Agüero una carta a él
de su pequeña Sofía, en la que retrata desde la altura de sus siete años a su progenitor, que pasa largas horas con ella y su hermana Betica, en el
difícil arte de educar a nuestros pequeños.
Y a mí me ha parecido algo similar con mis muchachos, cuando mi pequeño José
Alberto, que estudia Medicina con sus 21 años a cuesta, me ha entregado un
pantalón de regalo en nombre de él, su hermano Maikel y su madre (y mi esposa
María), y una tarjeta con esta dedicatoria: “¡Felicidades, papito! Por guiarnos
en nuestro quehacer de cada día, por querernos como nosotros te queremos a ti,
por ser el amapolón que embellece nuestras vidas”.
Por supuesto que eso de “amapolón”
me hizo reír de buena gana, porque en su imaginación y en su ocurrencia me
comparó con una amapola macho, esa planta papaverácea silvestre de flores rojas
muy frecuente en campos de cereales y en Cuba, y fue como para evitar
compararme con una rosa u otra flor más femenina, pienso yo, y porque él siempre trata de darle un toque gracioso a las cosas.
El hecho es que la vida
compensa a los padres con sus progenitores y con sus hijos. Y es muy cierto que
quien es buen hijo es buen padre, y auguro que mis hijos serán buenos padres
porque han crecido con el buen ejemplo mío (excelente padre aunque parezca
petulante), de su abuelo materno, Timbo, ausente tempranamente pero siempre con
nosotros, y de mi viejo, ya casi con 80 años pero firme ahí, con sus cuatro
retoños.
Nada, que padres e hijos,
hijos y padres, siempre andan juntos, para el bien de la familia.